#PiletaDelaVida
Mis abuelos la construyeron cuando mi papá y mi tía eran adolescentes.
Ellos fueron los primeros protagonistas de esta historia.
Nacimos y crecimos en “la riñón de venecitas turquesas”
En la pileta de los abuelos, el tío Daniel nos enseñó a hacer burbujas y a flotar en la parte honda.
El abuelo Héctor a nadar y a tirarnos de cabeza.
La abuela Ilda a leer cuentos y a hablar fuerte y claro.
La tía Mónica a cantar.
Mamá y papá, a tenerle respeto al agua, a no meternos después de comer, a considerar a las primas, las hijas de la tía Mónica y Daniel, como hermanas, a no correr por el porche de cerámico bordó con los pies mojados, entre otras.
Con “Las primas” aprendimos juntas a no compartir las toallas, cada una tenía la suya, y ojo con usar la de ositos cariñosos de Julieta.
También aprendimos a querernos, y juntas entendimos que no éramos competencia, que nos necesitábamos las unas a las otras.
Armábamos historias abajo del agua, hacíamos carreras de crol desde la parte honda hasta la parte baja, buceábamos hasta el “pozo” del centro a buscar la hebilla o venecita que nos tiraban desde arriba los grandes.
Uf…Tantas mañanas, tantos atardeceres en ese solárium que quemaba nuestros piecitos.
Desfilábamos mallas coloridas y chuflines de moda que traían mis primas de Buenos Aires. Ellas siempre tenían lo último.
Tiempo después, nació el único nieto varón. El último de los primos por parte paterna.
Para ese entonces, mi prima mayor, Mercedes, ya era una señorita. Ya no jugábamos tanto, pero la pileta ahí seguía. Testigo de cada anécdota veraniega.
Mis primas tenían muchos amigos en 9 de julio.
Las cuatro de la tarde era la hora del Ritual. Sonaba el timbre, se abría la puerta de madera del patio y empezaban a entrar cantidades de “chicos grandes” en bicicletas de todos los tamaños y colores.
Con mi hermana Delfina, ya no encajábamos, pero igual estábamos ahí, escuchando atentas, tratando de imitar gestos de adolescentes, aprendiéndonos las canciones que sonaban en la radio del momento, presenciando torneos de truco interminables y amoríos de verano.
Por suerte, ya no teníamos que esperar a que mamá y papá o los tíos se levanten de dormir la siesta para meternos en la pileta, “estábamos al cuidado de mis primas y sus amigos grandes”.
Después de las seis de la tarde, regresaban los adultos con el mate y la torta de limón o naranja de la abuela, y de vez en cuando venían mis abuelos maternos de visita.
El tiempo seguía corriendo…
Cuando las cuatro primas mujeres volvimos a tener edades parejas, empezamos a generar segundas rondas de mate, a preocuparnos por el bronceado, las marcas de la malla, nos importaba dormir la siesta, y de vez en cuando participar de la conversación de los adultos, a mi hermano, el más chico de todos, no le quedó otra que incorporar al ritual piletero a los otros primos, por parte materna.
Y así, esa pileta, seguía viendo desfilar chicos que se iban convirtiendo en grandes , y adultos con mas arrugas en los rostros.
Hoy somos todos grandes, mi prima mayor, volvió a marcar diferencia. Ella ya es madre y mis tíos, abuelos . Ahora es tiempo de repetir la historia , y enseñarle a Martina las primeras burbujas y chapoteadas en esa pileta que seguirá reuniendo lazos, afectos, chismes, novios, novias, largas charlas y abrazos infinitos.
Es #lapiletadelavida
La de los abuelos Tarantino
b-
…oddly shaped emptiness mapped by what surrounded them, like countries we couldn’t name. What lingered after them was not life, but the most trivial list of mundane facts — a clock ticking on the wall, a room dim at noon, the outrageousness of a human being thinking only of herself. We began the impossible process of trying to forget them.
(via possitivetension)